¿Por qué las defensas no atacan a nuestro cuerpo, la comida que ingerimos o los microbios que conviven con nosotros?

No todas las sustancias que nuestro sistema inmunitario identifica son agentes infecciosos que quieren introducirse en nuestro organismo. Continuamente estamos interactuando con los alimentos y otros componentes ambientales, elementos que forman parte de nuestros propios órganos y tejidos y microbios de nuestra microbiota. Desde el punto de vista de tu organismo, estos elementos se pueden considerar invasores. Pero el sistema inmunitario no se molesta en iniciar un ataque contra todo lo que le pasa por delante y no pone en marcha sus mecanismos de defensa cuando identifica estos elementos inocuos. Esta habilidad del sistema inmunitario se denomina tolerancia.

La investigadora Fiona Powrie de Inglaterra descubrió las células encargadas de asegurar la tolerancia frente a componentes propios. Estas células son los linfocitos T reguladores o tolerantes y son los que hacen que viviendo en un contexto tremendamente microbiano (en todo nuestro cuerpo y en el entorno que nos rodea hay microbios), nuestro sistema inmunitario no esté permanentemente a la defensiva (a través de poner en marcha la inflamación). Estas células se forman a lo largo de la vida, especialmente durante los primeros años de vida. Para llevar a cabo sus tareas, las células T reguladoras fabrican citoquinas (“mensajeros”) reguladoras, de carácter antiinflamatorio (interleuquina [IL]-10, factor transformador de crecimiento b [TGF-b]), en respuesta a antígenos que se reconocen como no patógenos. El ambiente de tolerancia y “buen rollo” que generan las células T reguladoras permite que estemos expuestos permanentemente a una alta carga antigénica ambiental (microbiota comensal, alimentos), sin que, por ello, se desencadenen reacciones inflamatorias que lesionarían el tejido intestinal propio. Quédate con la idea que las células T reguladoras son un tipo de linfocito (equivalente a un soldado con funciones de policía de la ciudad medieval) que se encarga de poner orden para evitar que nuestras defensas ataquen descontroladamente lo que comemos y los microbios no patógenos que nos rodean y habitan con nosotros.

A nivel de curiosidad, las enfermedades por disregulación inmunitaria, como las alergias, la esclerosis múltiple, la diabetes mellitus de tipo 1, la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa, se caracterizan por defectos en la actividad de las células T reguladoras.

Siguiendo con el paralelismo de la ciudad medieval, no todas las personas que atraviesan la puerta principal de entrada a la ciudad son ladrones o ejércitos que quieren invadir la ciudad. Los soldados (glóbulos blancos) que se encuentran a ambos lados de la puerta de entrada son los encargados de diferenciar entre las personas que pertenecen a un ejército “malo” y los ciudadanos “buenos” que habitan en la ciudad y entran y salen de la misma con asiduidad. Cuando los soldados de la ciudad detectan un peligro, se ponen manos a la obra para defender la ciudad de los enemigos. Lo que sucede es que no hace falta alarmar a la ciudad cada vez que entre algún animal doméstico o algún leñador o agricultor del bosque. De forma que la ciudad medieval dispone de un mecanismo de control a través de los soldados de la puerta, que le permite diferenciar los elementos extraños o agresores de los elementos propios o inocuos, igual que sucede con el sistema inmunitario.

En relación a por qué el cuerpo no se ataca a sí mismo, los linfocitos (un tipo de glóbulo blanco o célula inmunitaria) pasan un control (tolerancia central) para ver si su receptor para los antígenos es capaz de reconocer los antígenos propios del cuerpo antes de entrar en la circulación sanguínea. En el caso de los linfocitos B este control tiene lugar en la médula ósea. En los linfocitos T, se hace en el timo. Las células que tienen receptores antigénicos peligrosos se destruyen en el acto. No obstante, si algunos de estos linfocitos peligrosos consiguieran pasar estos puntos de control y comenzaran a circular por todo el cuerpo, se pondrían en marcha otros mecanismos para ocuparse de estas células (tolerancia periférica).

Para la comida que ingieres y para todos aquellos microbios beneficiosos que viven en tu tracto gastrointestinal, el sistema inmunitario tienen mecanismos especiales que le permiten tolerarlos. De hecho, la interacción con el mundo microbiano en la luz intestinal puede ser un mecanismo principal en la conformación del estado de tolerancia en el que participan las células T reguladoras.

En conclusión, una de las características esenciales del sistema inmunitario es su capacidad para diferenciar lo propio de lo ajeno y de responder, por lo tanto, únicamente frente a antígenos extraños. Gracias a las células T reguladoras, nuestras defensas atacan a los agentes patógenos mientras que toleran los órganos y tejidos propios, los microbios no patógenos y la comida.

Andreu Prados
Farmacéutico y Dietista-Nutricionista

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