Las ciudades medievales del siglo XV y el ataque rápido innato (II)

En el post de la semana pasada expliqué la primera línea de defensa de nuestro sistema inmunitario que es la que primero actúa cuando nos enfrentamos a un agente extraño o patógeno. Una vez que los patógenos han atravesado esta primera barrera, el sistema inmunitario pone en marcha mecanismos de defensa activa que se pueden dividir en dos categorías: respuestas inmunitarias rápidas (innatas) y respuestas inmunitarias tardías pero más específicas (adaptativas). Los dos tipos de inmunidad, la innata y la adaptativa o adquirida, no operan de forma independiente, sino que están interrelacionadas entre sí y llegan a constituir un todo integrado para luchar frente a los agentes extraños.

Nuestras defensas están constituidas por una gran cantidad de células. Siguiendo la analogía de la ciudad medieval, las células equivaldrían a los diferentes tipos de soldados que defienden la ciudad y todo el arsenal de armas y estrategias que utilizan para librarnos de los invasores. En este post me centraré en los componentes del sistema inmunitario innato o inespecífico, que actúa de forma indiscriminada e inmediata frente a cualquier agente extraño que ha conseguido pasar las barreras físicas, químicas y microbiológicas.

La inmunidad innata o inespecífica (también llamada inmunidad natural o nativa) la tienen en mayor o menor medida todos los seres vivos vertebrados e invertebrados. Actúa como nuestra segunda línea de defensa y nos confiere la protección inicial contra las infecciones. Sin embargo, muchos microorganismos patógenos han evolucionado hasta ser resistentes a la inmunidad innata, y su eliminación exige aquellos mecanismos más potentes de la inmunidad adaptativa. Innata significa que nacemos con ella. Inespecífica hace referencia a que no identifica patógenos concretos, sino más bien grupos de patógenos. Es rápida (se desencadena en segundos y dura pocas horas) pero carece de memoria y, por lo tanto, no está afectada por la exposición previa a un microorganismo.

El sistema inmunitario innato incluye moléculas como el complemento o algunas citoquinas (como el interferón alfa) y células como los granulocitos, los monocitos/macrófagos y las células NK (del inglés natural killer, asesinas naturales). Algunos autores clasifican las barreras físicas, químicas y microbiológicas como componentes de la inmunidad innata. La inmunidad innata también incluye la inflamación.

Sistema del complemento: es un grupo de proteínas de la sangre capaces de unirse a los patógenos y destruirlos.

Citoquinas: son pequeñas hormonas inmunológicas sintetizadas por diversas células defensivas para comunicarse con otras células a corta distancia -equivaldría a nuestras palabras- y a larga distancia -en el paralelismo medieval serían las cartas y los mensajeros o los sonidos de las trompetas que indican el inicio del ataque o la retirada-.

Granulocitos o leucocitos polimorfonucleares (PMN): constituyen un 70% de los leucocitos (glóbulos blancos) circulantes. Se denominan polimorfonucleares debido a que morfológicamente presentan un núcleo fragmentado en varios lóbulos. Estas células identifican, ingieren y destruyen material extraño, tal como elementos de desecho o microorganismos tanto en la circulación sanguínea como en los tejidos. El proceso de ingestión de estos productos se denomina “fagocitosis”. Podemos clasificarlos en:

  1. Neutrófilos: constituyen la mayoría de todos los granulocitos y realizan una fagocitosis de inicio rápido.
  2. Eosinófilos: aunque también pueden fagocitar, se especializan en la defensa frente a parásitos extracelulares (como los helmintos) y en las respuestas alérgicas.
  3. Basófilos y mastocitos: intervienen sobre todo en los procesos alérgicos y en la defensa frente a parásitos en la circulación sanguínea (basófilos) y en los tejidos (mastocitos).

Monocitos y macrófagos: son el segundo tipo de fagocitos (junto con los neutrófilos). La función principal de estas células de tamaño grande es la de “comerse” elementos extraños y destruirlos en su interior. De hecho, fagos proviene del griego y significa ‘comer’. Los monocitos abandonan el torrente circulatorio y en los tejidos se diferencian a macrófagos distribuyéndose por todos los órganos y tejidos. De entre todos los soldados del ejercito medieval, los macrófagos serían los de aspecto gigante y muy agresivo que atacarían de forma directa utilizando el fuego (sustancias oxidantes) sin necesidad de identificar previamente al adversario.

Cuando se produce una respuesta inflamatoria, primero llegan los neutrófilos al foco inflamatorio que inician la destrucción bacteriana y tisular y luego los monocitos convertidos en macrófagos terminan de eliminar las bacterias e inician la reparación tisular. Otra importante función de los macrófagos es la de contribuir a las respuestas inmunitarias adaptativas mediante la presentación a los linfocitos T de antígenos derivados de los patógenos fagocitados.

Células NK o linfocitos NK: a diferencia de los fagocitos, no atacan directamente a los microorganismos sino que destruyen células infectadas por éstos. También presentan una importante función destruyendo las células tumorales. En el caso de la ciudad medieval, los soldados NK serían un batallón muy bien entrenado, que continuamente buscan entre la población de la ciudad personas sospechosas. Cuando las detectan les piden su documentación y si son extraños los eliminan rápidamente. Es decir, en nuestro cuerpo los linfocitos NK eliminan toda aquella célula que no reconocen como propia. Existen dos tipos de células NK: las que eliminan los patógenos de forma directa o las que los matan atacándolos a media distancia a través de sustancias (destrales o balas de cañón siguiendo la analogía de los soldados).

Inflamación: la reacción local inicial de la inmunidad innata es la respuesta inflamatoria, que se puede desencadenar ante un agente infeccioso, químico o lesión física. Un ejemplo conocido por todos sería la fiebre. La inflamación es necesaria para poder eliminar los agentes patógenos pero también es importante que esta respuesta no se vuelva crónica una vez ha cumplido su misión. De no conseguirse, tendríamos un estado inflamatorio que podría conducir a una patología. Por ejemplo, la obesidad y el síndrome metabólico se caracterizan por una inflamación crónica y de bajo grado.

En conclusión, la respuesta inmunitaria innata representa el ataque rápido frente a cualquier agente extraño. Presenta una baja especificidad y memoria con respecto a un determinado patógeno. Además, siempre utiliza las mismas armas, independientemente del tipo de agresor.

Andreu Prados
Farmacéutico y Dietista-Nutricionista

Bibliografía:

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  • Regueiro González JR, López Larrea C, González Rodríguez S, Martínez Naves E. Inmunología: biología y patología del sistema inmunitario. 4ª ed. Madrid: Editorial Médica Panamericana; 2011.
  • Pérez-Cano FJ. Nodrint les nostres defenses. Barcelona: Omnis Cellula – Publicacions i Edicions de la Universitat de Barcelona; 2009.

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