La actividad física como píldora anti-inflamatoria

La actividad física y el ejercicio son, junto con la alimentación, potentes herramientas que permiten reducir la inflamación crónica.

Me encanta leer sobre todo lo que tenga que ver con estudiar la nutrición desde la perspectiva de la Inmunología y en el pasado Congreso Internacional de Nutrición celebrado en septiembre de 2013 en Granada, me compré un libro dedicado exclusivamente a la inflamación crónica. Por si te interesa, se titula “Chronic inflammation – Molecular Pathophysiology, Nutritional and Therapeutic Interventions” y lo puedes comprar a través del siguiente enlace.

El libro dedica un capítulo a tratar el papel que tiene la actividad física en la inflamación. Con lo que llevo leyendo sobre este tema me parece que hace una buena puesta al día del tema y te lo explico en este post por si puede ser de tu interés.

Recuerda que aunque los términos actividad física y ejercicio se usan como sinónimos, en realidad no lo son. La actividad física es cualquier movimiento corporal producido por la acción de la musculatura esquelética que incrementa el gasto energético. En cambio, el ejercicio es una actividad física planificada, estructurada y repetitiva. Mientras que la condición física es la capacidad para realizar actividad física, e incluye una gran cantidad de cualidades fisiológicas y psicológicas.

Antes de seguir avanzando, conviene tener en cuenta que existe una estrecha interrelación entre la actividad física y el sistema inmune, que se traduce en que la actividad física modula/afecta considerablemente a nuestras defensas. Como consecuencia, generalmente las personas que practican algún tipo de deporte con cierta asiduidad tienen una menor susceptibilidad a las infecciones e incluso a las alergias en comparación con la gente sedentaria. Tradicionalmente, se ha propuesto un modelo de curva en forma de “J” que establece la relación entre la intensidad del ejercicio y el riesgo de sufrir infecciones:

Relación entre la intensidad del ejercicio físico y el riesgo de infecciones del tracto respiratorio superior.
Imagen modificada a partir de: Nieman. J Athl Train. 1997;32(4):344-9.

Según la curva de la “J” invertida en la inmunología del ejercicio, la susceptibilidad a padecer infecciones se ve incrementada tanto en personas sedentarias como en aquellas que realizan un ejercicio físico intenso, mientras que disminuye en individuos que realizan un entrenamiento regular y moderado.

En el extremo superior derecha de la curva, las alteraciones del sistema inmune producidas por el ejercicio físico intenso y prolongado se conocen como período de ventana abierta y se explican por una neutrofilia y linfopenia inducidas por altos niveles plasmáticos de cortisol, una disminución de la capacidad oxidativa de granulocitos, una disminución de la actividad citotóxica de las células natural killer (NK) y una disminución de los niveles salivares de inmunoglobulina A (IgA). De hecho, la respuesta del organismo al ejercicio extenuante agudo se considera semejante a la respuesta inflamatoria aguda a la infección, con una marcada leucocitosis y una liberación de citoquinas pro-inflamatorias. La leucocitosis a expensas del aumento de los neutrófilos y la linfopenia tras el ejercicio intenso se explican por un aumento de los niveles de catecolaminas (especialmente la adrenalina), de la hormona del crecimiento y del cortisol. La adrenalina vuelve a los valores basales inmediatamente después de la realización de ejercicio físico, mientras que el efecto inmunosupresor del cortisol debido a sus niveles elevados se mantiene hasta varias horas después de finalizar el ejercicio. Por otro lado, cuando se realiza un ejercicio físico moderado los leucocitos pueden llegar a aumentar en un 50% sobre todo debido a un aumento de los linfocitos y los neutrófilos y en menor medida de los monocitos.

La idea general es que el ejercicio moderado regular está asociado a una susceptibilidad a las infecciones disminuida, mientras que el ejercicio intenso conlleva una situación de inmunodepresión temporal, con el consiguiente aumento de la susceptibilidad a las infecciones (especialmente en los atletas de alta competición). Esta observación no se puede extrapolar a la respuesta inmune innata/inflamatoria mediada por los fagocitos, la cual puede ser estimulada incluso después de sesiones intensas de ejercicio físico. La inmunosupresión temporal inducida por el ejercicio intenso se explica por una reducción de la capacidad funcional de los linfocitos y puede dar lugar a que los microorganismos evadan los mecanismos de defensa y se establezcan en el organismo dando lugar a un aumento de las infecciones en los atletas. Durante las sesiones de ejercicio intenso, la estimulación de las respuestas innatas/inflamatorias permite compensar la actividad disminuida de los linfocitos y se ha propuesto como un mecanismo de adaptación del sistema inmune en respuesta al estrés debido al ejercicio intenso. En definitiva:

  • Ejercicio intenso: estimula la respuesta inmune innata (inflamatoria) e inhibe la respuesta adaptativa.
  • Ejercicio moderado y regular: estimula la respuesta inmune innata (inflamatoria) y estimula la respuesta adaptativa.

De forma que los efectos del ejercicio sobre el sistema inmune dependen de la frecuencia, intensidad y duración y ello conlleva que siempre que se pueda lo ideal es personalizar las pautas de entrenamiento a cada persona en función de su idiosincrasia y sus condiciones particulares.

La práctica regular de actividad física se asocia con un menor riesgo de enfermedades crónicas, aunque los mecanismos implicados no están del todo claros. La hipótesis que se estudia actualmente es que si la actividad física disminuye el riesgo de enfermedades crónicas puede ser en parte por prevenir o reducir la inflamación. Se sabe que indirectamente la actividad física estaría reduciendo la inflamación a través de reducir la grasa corporal, que es el mayor determinante de la inflamación.

Muchos de los efectos beneficiosos del ejercicio se han propuesto que están mediados por la inducción de una respuesta anti-inflamatoria. Los potenciales efectos anti-inflamatorios del ejercicio serían positivos para aquellas personas con un alto estado inflamatorio, pero aún no se ha demostrado hasta qué punto el efecto anti-inflamatorio del ejercicio sería el óptimo en personas sanas con un buen estado inflamatorio. Aunque los efectos anti-inflamatorios del ejercicio se han descrito principalmente para el ejercicio regular, en el ejercicio agudo (por ejemplo, una maratón) se sabe que si la persona está entrenada sus niveles de marcadores inflamatorios en sangre son menores en comparación con los sujetos no entrenados o con mala condición física.

El ejercicio físico es como una polipíldora que actúa a múltiples niveles para mejorar nuestra salud. Comparto un esquema que publicó Pedro Bastos hace un par de semanas en su cuenta de Twitter y que me parece la mejor forma de ilustrar esta idea:

El ejercicio es una polipíldora.

En conclusión, la actividad física se puede utilizar a modo de “píldora” en la promoción de la salud y la reducción del riesgo de enfermedades. Para conseguir la máxima eficacia y el mayor éxito del tratamiento convendrá evaluar su dosis, intensidad, frecuencia, duración y tener en cuenta las precauciones necesarias en función de la idiosincrasia de cada persona.

Notas: Te recuerdo algunas actividades que tengo en las próximas fechas por si te interesa alguna.

3 de noviembre. Madrid. En motivo de la Semana de la Ciencia, junto con otros compañeros impartiré el taller “Buceando en nuestras defensas: desde el microscopio hasta nuestro día a día”. Lugar: Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Nutrición (ICTAN-CSIC).

21 de noviembre. Estaré en mi ciudad natal, Barcelona, hablando de microbiota y obesidad. Aquí tienes los datos por si te interesa.

Andreu Prados
Farmacéutico y Dietista-Nutricionista

Imagen de la portada: Freepik.

Bibliografía:

  • Teixeira de Lemos E, Reis F. Physical Activity and Inflammation. An Overview. En: Chronic Inflammation – Molecular Pathophysiology, Nutritional and Therapeutic Interventions. Boca Raton: CRC Press; 2013. p. 287-304.
  • Nieman DC. Risk of upper respiratory tract infection in athletes: an epidemiologic and immunologic perspective. J Athl Train. 1997;32(4):344-9. Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/16558471.

Bibliografía complementaria:

  • Wärnberg J, Cunningham K, Romeo J, Marcos A. Physical activity, exercise and low-grade systemic inflammation. Proc Nutr Soc. 2010;69(3):400-6. Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/20598198.
  • Romeo J, Wärnberg J, Pozo T, Marcos A. Physical activity, immunity and infection. Proc Nutr Soc. 2010;69(3):390-9. Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/20569522.
  • Wärnberg J, Nova E, Romeo J, Moreno LA, Sjöstrom M, Marcos A. Lifestyle-related determinants of inflammation in adolescence. Br J Nutr. 2007;98(Suppl 1):S116-20. Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/17922948.
  • Nova E, Martínez-Gómez D, Gómez-Martínez S, Veses AM, Calle ME, Veiga OL, Marcos A. Influence of health behaviours on the incidence of infection and allergy in adolescents: the AFINOS cross-sectional study. BMC Public Health. 2014;14:19. Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/24405509.

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