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Microbiota intestinal y obesidad: ¿en qué punto estamos?

La pandemia actual de la obesidad es el resultado de la interacción entre factores genéticos y ambientales. Entre estos últimos, la microbiota intestinal parece estar implicada.

El primer estudio en 2004 que despertó el interés en la relación entre la microbiota intestinal, la dieta y la obesidad mostró que los ratones libres de gérmenes, a pesar de consumir un 30% más de alimento que los ratones convencionales (con microbiota), tenían un 42% menos de grasa total y al ser colonizados por la microbiota intestinal de ratones convencionales (convencionalización), incrementaron, en tan solo 10 días, su grasa corporal total en un 60%, y a las 2 semanas habían desarrollado resistencia a la insulina, todo ello pese a la disminución de alimentos y al aumento de actividad. Este estudio y otros que le han seguido han puesto de manifiesto que la microbiota intestinal es un factor ambiental relevante que afecta cómo el huésped almacena la energía de los alimentos.

Más adelante, otros investigadores han utilizado un modelo de ratón humanizado para demostrar que la microbiota fecal humana podría transferir la obesidad a ratones libres de gérmenes (germ-free). Los ratones germ-free inoculados con la microbiota de gemelos obesos o delgados manifiestan las características de la microbiota del donante. Aquellos que reciben la microbiota obesa (línea roja) muestran un aumento en la grasa corporal total, mientras que aquellos que reciben la microbiota delgada (línea azul) permanecen delgados. 

 

             

Fuente de la imagen: Science.

Los siguientes pasos para avanzar en el empleo de la microbiota intestinal como herramienta terapéutica para tratar la obesidad han pasado por ver que la obesidad humana se asocia con cambios específicos a nivel de phylum y con una menor diversidad bacteriana. Los principales phylum que gobiernan la microbiota humana son Bacteroidetes y Firmicutes y se ha visto que la microbiota intestinal de personas con obesidad tiene un cociente Firmicutes/Bacteroidetes en heces aumentado. Además, los adultos con obesidad sometidos a una dieta hipocalórica muestran un incremento en la proporción fecal de Bacteroidetes, en paralelo a la pérdida gradual de peso. Estas alteraciones en la composición de la microbiota fecal se empiezan a manifestar a una temprana edad. Un estudio ha sugerido que la existencia de poblaciones bajas de Bifidobacterium y altas de Staphylococcus aureus en heces en la infancia pueden ser factores predictivos del desarrollo de obesidad en la edad adulta.

Pero las investigaciones más recientes que han analizado los datos de muchos estudios realizados hasta la fecha no encuentran que estas alteraciones de la microbiota a nivel de phylum sean tan claras. Un reciente meta-análisis (ese tipo de estudios que reportan una evidencia científica más sólida) ha mostrado que la obesidad solo está débilmente asociada con grupos bacterianos específicos. Otro meta-análisis más reciente publicado el pasado mes de agosto no ha encontrado ninguna asociación entre la obesidad y el ratio Firmicutes/Bacteroidetes. Este estudio llega a la conclusión que la asociación entre las comunidades microbianas en las heces y la obesidad en humanos es relativamente débil y su detección está confundida por la gran variabilidad interpersonal (entre personas) y el insuficiente tamaño muestral.

Los estudios muestran que el impacto de la obesidad sobre la microbiota intestinal es inconsistente. Mientras que la composición de la microbiota intestinal puede repercutir en alteraciones metabólicas significativas en los estudios experimentales con ratones, en humanos parece ser que no es el factor más importante en la ganancia de peso. Un estudio reciente ha encontrado que la administración de un antibiótico (vancomicina) durante 7 días no afecta a los parámetros metabólicos (sensibilidad a la insulina, hormonas y metabolitos postprandriales, inflamación sistémica, permeabilidad intestinal y tamaño de los adipocitos) en adultos con obesidad, a pesar de ocasionar una reducción significativa de la diversidad microbiana. Estos efectos se mantienen hasta los 8 días después de finalizar el tratamiento antibiótico. Por el contrario, otro estudio ha encontrado que el desequilibrio en las bacterias intestinales reduce la sensibilidad a la insulina, empeora la intolerancia a la glucosa y aumenta los niveles sanguíneos de un tipo de metabolito en personas con diabetes tipo 2. Estos dos recientes estudios muestran resultados contradictorios: en humanos un desequilibrio en la microbiota intestinal se puede asociar o no a una alteración de los parámetros metabólicos.

En definitiva, aunque la microbiota intestinal es un factor ambiental que influye en el desarrollo de la obesidad y del síndrome metabólico, se requieren más estudios que clarifiquen los procesos a través de los cuales las bacterias pueden afectar la secuencia compleja de eventos que desencadenan finalmente con la obesidad. El mecanismo más estudiado incluye la alteración de la integridad de la barrera intestinal como consecuencia de un desequilibrio de las comunidades microbianas del intestino, con la consiguiente activación de la respuesta inmunitaria (inflamación crónica de bajo grado) que caracteriza a la obesidad.

Aunque hoy aún no se ha identificado el tipo de microbiota intestinal que tienen las personas delgadas para poder transferirla a las personas con sobrepeso y/o obesidad, en un futuro los avances en este campo podrían ser de utilidad en la prevención y el tratamiento de la obesidad y los trastornos metabólicos asociados.

Andreu Prados
Farmacéutico y Dietista-Nutricionista

Imagen de la portada: Flickr.

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Sueño, defensas y bacterias

 

Muchas veces el sueño es el gran olvidado para los profesionales de la salud. Por nuestro ritmo de vida cada vez dormimos menos y la incapacidad de conseguir un sueño tanto en calidad como en cantidad no está exenta de riesgos para nuestra salud.

En España dormimos de media 7 horas.  

¿Cuántas horas es aconsejable dormir según nuestra edad?

La Fundación Nacional del Sueño de Estados Unidos (NSF, en sus siglas en inglés), una ONG estadounidense que cuenta con el asesoramiento de los más prestigiosos expertos en medicina del sueño, hace sus recomendaciones de duración del sueño por franjas de edad:

Recomendaciones de duración del sueño según la Fundación Nacional de Sueño (2015).

La Academia Americana de Medicina del Sueño (AASM, en sus siglas en inglés) sugiere las siguientes cantidades de horas de sueño diarias:

  • Población pediátrica (documento de consenso de la AASM respaldado por la Academia Americana de Pediatría):

                 

  • Población adulta: se recomienda que duerma siete o más horas de sueño por noche.

No dormir lo suficiente cada noche se asocia con un riesgo más alto de lesiones, hipertensión, obesidad, diabetes tipo 2, hipercolesterolemia e incluso depresión. Además, los niños y adolescentes con insomnio están expuestos a un mayor riesgo de autolesión o pensamientos suicidas. 

 

Cada vez se está poniendo más énfasis en encontrar marcadores de riesgo de enfermedades crónicas no transmisibles, relacionadas con el estilo de vida, antes de que los síntomas sean evidentes. En este contexto, los parámetros del sistema inmune y en particular la microbiota intestinal son buenos candidatos.

Aunque es un hecho conocido que una microbiota sometida a un desfase horario puede contribuir a la obesidad, un reciente estudio ha estudiado por primera vez cómo el insomnio afecta a la microbiota intestinal humana. 9 voluntarios hombres sanos y con normopeso se sometieron a dos noches consecutivas de privación parcial del sueño (durmieron poco más de 4 horas, desde las 2:35 h am hasta las 7:00 h am) y a otras dos noches de sueño normal (durmieron unas 8 horas y media, desde las 22:30 h hasta las 7:00 h). Se recogieron muestras fecales en las 24 horas previas y posteriormente a las dos noches de sueño alterado y de sueño normal. Los participantes también fueron sometidos a una prueba de tolerancia oral a la glucosa después de cada una de las dos intervenciones.

El análisis de la composición de la microbiota intestinal puso de manifiesto que después de dos días de privación parcial del sueño los participantes mostraron un incremento del ratio Firmicutes/Bacteroidetes, característica que anteriormente también se había observado en humanos con obesidad. No obstante, la privación del sueño no tuvo ningún efecto sobre la diversidad de la microbiota intestinal ni sobre las concentraciones fecales de ácidos grasos de cadena corta. Además, después de las dos noches de privación del sueño, los voluntarios fueron un 20% menos sensibles a los efectos de la insulina tanto en ayunas como en periodo postprandial.

En estudios controlados de restricción de sueño en humanos, se ha visto que la privación del sueño puede dar lugar a un aumento de la resistencia periférica a la insulina y concentraciones de cortisol, un aumento de citoquinas proinflamatorias (IL-6 y TNF-a) y de la proteína C-reactiva y una disminución de la vasodilatación dependiente del endotelio. Agradezco a mi amigo Pedro Carrera-Bastos que haya compartido conmigo estos estudios para poder referenciarlos en este post.

Un estudio que analizó el impacto del sueño sobre distintos parámetros del sistema inmune en adolescentes europeos (12,5-17,5 años; n=933) concluyó que aquellos adolescentes que reportaron de 8 a 9 horas de sueño por noche mostraron un perfil inmunológico más saludable caracterizado por un menor perfil pro-inflamatorio.

                                

Niveles de diferentes marcadores inflamatorios en adolescentes europeos en función de sus hábitos de sueño. Fuente.

¿Qué puedo hacer para combatir el insomnio?

Aunque a nivel de alimentación tengo previsto dedicar un post extenso más adelante, toma nota de las siguientes recomendaciones prácticas para combatir el insomnio avaladas por la Sociedad Española de Sueño:

  1. Mantén una hora fija para ir a dormir y para despertarte.
  2. Limita las siestas diurnas a 30-45 minutos de duración.
  3. Evita el consumo de alcohol excesivo 4 horas antes de ir a dormir y no fumes.
  4. Evita la cafeína 6 horas antes de acostarte. Esto incluye el café, el té, las bebidas azucaradas a base de cola y el chocolate.
  5. Evita los alimentos pesados, picantes o azucarados 4 horas antes de ir a dormir. Un ligero aperitivo antes de ir a la cama es aceptable.
  6. Haz ejercicio de forma regular, pero no justo antes de ir a dormir.
  7. Tener una buena zona de descanso.
  8. Encuentra una temperatura confortable para dormir y tener la habitación bien ventilada.
  9. Bloquea todo ruido que te distraiga y elimina la luz tanto como sea posible. Apaga todas las pantallas electrónicas 30 minutos antes de acostarte y no tengas aparatos de televisión, ordenadores ni otras pantallas en tu habitación.
  10. Reserva la cama para el sueño y el sexo. No utilices la cama como oficina, lugar de trabajo o recreacional.

En definitiva, cuidar la calidad y cantidad de tu sueño es importante. Más allá de sus efectos visibles como puede ser el cansancio y la fatiga, el insomnio afecta también a tus defensas mucho antes de que tu lo llegues a percibir.  

Andreu Prados
Farmacéutico y Dietista-Nutricionista

Imagen de la portada: Wikimedia Commons.

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